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«Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.» – Lucas 17:11-19

Mientras estaba en Argentina, me llamó la atención la interpretación de Claudio Freidzon de este pasaje y su visión. Diez hombres vinieron a Jesús para ser sanados de la enfermedad física de la lepra. Jesús los envió lejos y, a medida que se iban, eran sanados. De los diez, sólo un hombre fue conmovido para regresar a Jesús y agradecerle. Jesús se sorprendió de que sólo uno regresara. Cuando Jesús sanó al leproso, creo que algo más que la sanidad física pasó. Creo que el hombre fue tocado en su ser de una manera muy profunda por la Presencia de Jesús.

    Freidzon dice que todo el mundo puede recibir poder, pero sólo unos cuantos buscan la Presencia. Recibir es sencillamente por fe, pero para apoderarse de la Presencia, un hombre debe perseguirla con todo su ser. Claudio, en su encuentro dentro de sus 40 días de ayuno, simplemente tenía hambre por la Presencia. Fue la Presencia de Jesús la que sacudió Argentina.

    Al leer estos relatos de avivamiento donde Dios derramó Su poder extraordinario, es fácil desviarse buscando el poder de Dios en vez de buscar Su Presencia. No sólo pidamos y recibamos poder, sino busquemos y persigamos la Presencia del Señor. Recibir es gratis, pero perseguir es costoso. Jesús no comparte Su presencia manifiesta con meros religiosos. ¿Lo queremos más a Él que a la comida?

    Al buscar a Dios, un hombre debe ser un hombre de una sola cosa. David dijo: «Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo» (Salmos 27:4). Ser un hombre de una sola cosa requiere enfoque. No hay cosas en segundo plano. Cualquier otra pasión es expulsada por una sola pasión que nos consume.
 

Espíritu, ven a mi corazón;
Los ángeles te aman con pasión;
En santidad también te quiero amar;
Es la Paloma que descendió,
El fuego de tu amor sobre este altar.
 

    Que en todo el mundo, durante este ayuno de 40 días, hombres y mujeres no tan sólo busquen y reciban poder, sino que busquen la Presencia y, al contemplar Su rostro, se transformen en esa imagen de gloria en gloria.

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